LOS RENGLONES TORCIDOS DE DIOS (I)
Torcuato Luca de Tena
“La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca.” Enrique Heine
“¿Le agrada el silencio? ¿Le agrada la soledad?”
Para ambas cuestiones mi respuesta es afirmativa. En el grado que veamos necesario, soledad y silencio, dotan al ser humano de tiempo y ausencia de influencias para determinar grandes cuestiones personales. Creo, al igual que muchas personas, las grandes determinaciones futuras, existenciales y/o personales son debatidas en la mente de cada uno antes de ser expuestas a impresiones o valoraciones externas.
El ser humano necesita consenso externo ante cualquier acto decisorio para el resto de su existencia. No obstante, antes de demandar una reafirmación de nuestro punto de vista debemos tener claro en primera persona cual es ese pensamiento. De lo contrario, con un planteamiento posterior acerca de la decisión dudada, soledad y silencio son meramente tiempos para retoques superficiales de la decisión conjunta. Así pues, antes de exponer decisiones al resto de personas que conforman el entorno más preciado, debatan ustedes mismos que es lo que precisan para su óptimo futuro personal. En caso de estar errando, será reflejado por el rechazo mayoritario en nuestro entorno, a través de argumentos variopintos y sus formas potenciales de concebir la vida humana.
Durante varios años he considerado que el silencio de la soledad era agónico y asfixiante, así como un mero reflejo de distanciamiento social, intrínseco al individuo y de carácter voluntario. Por el contrario, hoy agradezco los minutos que consumí mientras el inocuo paso de agua por la Foz de Lumbier retrató con su reflejo la silueta de aquel muchacho en que soñé convertirme. Todo gracias al silencio, a la soledad que pude encontrar en dicho paraje natural.
Al igual que la protagonista, esas sensaciones me hicieron visitar ese lugar quincenalmente durante meses. El conflicto moral, racional y sustancial levitaba lejos de mis metas personales, siendo retomado en cada ocasión al regresar a Pamplona. La impotencia al no poder evitar reubicarme en mi vida hizo que llegara a la conclusión de que saliendo del entorno generador de mi malestar, este no reaparecería a cada vuelta a casa. Cambio de coordenadas, giro de 180º, dirección al pueblo, cual Alicia Gould en “Los renglones torcidos de Dios”, en busca de emociones vivas y prosperas, vetando el destino conflictivo.
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